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Una Luz en un Mundo Sin Ella ; Rosa E. Piedrahita

Actualizado: 1 de jul de 2020

Hace un par de semanas, el gobierno de Sudan sorprendió al mundo con una noticia que nos llena de ilusión, la prohibición y penalización de la ablación o mutilación genital femenina en el país, un acto inhumano al que han sido sometidas el 86.6% de las mujeres entre 15 y 49 años en el país africano.

Desde hace ya varios años en ciudades como Kassala, una de las más afectadas en Sudán por esta práctica, se empezaron a desarrollar diversas campañas anti-ablación motivadas especialmente por padres y madres de niñas recién nacidas que se oponen a esta tradición, basados en que no querían exponer a sus hijas al sufrimiento que vivieron sus antepasadas. Sin embargo, solo a partir la caída del régimen autoritario de Omar al Bashir se puso sobre la mesa la posibilidad de criminalizar este acto y de proteger y garantizar los derechos de la mujer en Sudán.


A pesar de que la ONU ha realizado una exhaustiva investigación donde concluyó que en ningún texto religioso se habla de esta práctica, esta cadena de violación a los derechos humanos continúa, y ha sido padecida por unas 200 millones de mujeres alrededor del mundo, quienes han tenido que vivir con una marca imborrable de dolor y sufrimiento hasta el fin de sus días. Este procedimiento ha acabado con la vida de millones de víctimas, y son muchas las comunidades alrededor del mundo que aún imponen y protegen esta tradición resguardándose en motivos religiosos y culturales.


La razón detrás de este procedimiento en algunas de las sociedades donde se practica, es poder comprobar la virtud de la mujer al momento de su matrimonio, ya que el esposo debe realizar una escisión para abrir la vagina, pues esta se encuentra cerrada desde la ablación, todo con el objetivo de preservar el honor y el buen nombre de la comunidad. No puedo dejar de cuestionarme: ¿Es esto lógico, justo o equitativo? ¿Es posible juzgar qué tan virtuosa es una mujer basados en su virginidad? ¿Es esto un costo necesario?

Para mí, las respuestas siempre serán no.


Millones de mujeres y niñas han sido violentadas en su salud física, sexual, reproductiva y mental a causa de este procedimiento, muchas han perdido la vida al momento de la ablación o por una infección causada por ella, y otras han muerto con sus hijos atrapados en su vientre durante el parto porque su órgano reproductivo ya no puede cumplir su función a cabalidad. Todo esto, sin contar a las mujeres que se han visto obligadas a vivir con un incesante dolor.


Se tiene que cortar la cadena, por las que ya no están, por las que aun padecen este dolor y por todas las que pueden ser víctimas a futuro ¿Quién es autoridad suficiente para decidir por lo que no le pertenece? Nuestro deber como sociedad es garantizar que las niñas y mujeres tengan autonomía sobre su cuerpo, y sean ellas las que decidan basadas en su criterio propio si consideran que hay algo en su cuerpo que deba ser cortado o no.


En ese mundo, donde parece que la mujer nace para sufrir, las medidas tomadas por Sudán y otros como Sierra Leona, Kenia y Uganda frente a la mutilación genital femenina, muestran una luz en un mundo sin ella. Y aunque el camino por recorrer aun es largo, pues además de criminalizar esta acción hay que educar a las comunidades y brindar acompañamiento a estas y a las víctimas, este es un gran avance. Es una batalla más a ganar en la búsqueda de un mundo mejor para la mujer.

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