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Sobre Matarife y otras cuestiones...; Santiago Castillo Sepúlveda

Actualizado: 1 de jul de 2020

Llevamos ya un par de semanas escuchando hablar de “Matarife”, una serie que pretende “desenmascarar” al mejor estilo de Sherlock Holmes (y Scooby-doo (?)) todos los crímenes del “Innombrable; el mayor genocida de América Latina...” entre otros apelativos muy célebres que ha recibido Álvaro Uribe... También hemos escuchado mucho de Daniel Mendoza; nombre que hasta el momento era desconocido para muchos, pero que ahora inunda las redes sociales y la opinión pública. A la luz de una campaña árdua de promoción y expectativa, el primer capítulo desembocó un sinnúmero de opiniones encontradas. Yo, inicialmente y -probablemente de manera apresurada-, siento que esperaba más... Pero a ciencia cierta, nadie podrá juzgar el trabajo, hasta ver los 50 capítulos que compondrán la miniserie. Emitir juicios absolutos resultaría completamente irresponsable y arbitrario.

A la larga, siento que Mendoza reincide a varias fallas que pueden poner en tela de juicio su credibilidad, pero que el proyecto como tal, tiene un potencial inmenso. “Matarife: la serie” puede resultar de doble filo e incluso llegar a ridiculizar el discurso de quienes, con argumentos, arremetemos contra Uribe y el uribismo. Pese a esto, tengo que aceptar que me genera gran ilusión y expectativa los efectos que esta pieza audiovisual pueda tener; en todo caso, el hecho de que la gente empiece otra vez a hablar de los crímenes de Uribe es una estocada inicial contra su “presunta” impunidad.

Probablemente, para las personas con amplios conocimientos en el tema, lo expuesto por Mendoza no será nada nuevo. Sin embargo, el poder de su material, a mi modo de ver, radica en democratizar ese conocimiento, que a veces es monopolizado por la academia, o se queda en breves tendencias periodísticas. Claudia López en su paso por el periodismo junto con León Valencia, señaló en múltiples ocasiones los vínculos de Uribe con el narcotráfico, los Ochoa y los paras, entre otros. En su libro, Virginia Vallejo, quien por años fue la amante de Pablo Escobar, denota en diversas ocasiones la relación entre Escobar y Uribe... e incluso, académicos como Óscar Mejía Quintana, de la Universidad Nacional, denotan la llegada de Uribe al poder como “la colonización mafiosa del Estado”... Sin embargo, el hecho de tener una serie, en un formato tan asequible y de una forma tan mediática, hace que este conocimiento se desconcentre de quienes tienen acceso a él. Cualquier persona con celular y acceso a Internet podrá ver “Matarife” y eso es fantástico.

Existen aún quienes profesan una devoción, casi religiosa por la figura de Uribe. A veces pareciese como un versión estrato 5 y 6 del culto que se le rinde a Pablo Escobar en zonas de la Comuna 13 en Medellín. Muchos crecieron bajo el mito de “Gracias a Uribe, la familia pudo volver a la finquita” o “Uribe estuvo a punto de acabar con la guerrilla”... Frases que de cierto modo pueden no ser falsas, pero que reducen toda la brutalidad y autoritarismo del gobierno de Uribe a verdades complacientes. Muchos otros profesan amor hacia el Uribismo basados en la posverdad -No vaya y sea nos volvamos como Venezuela-... O en el mero privilegio, ya que su modelo social, político y económico de Estado es bastante beneficioso para quienes siempre se han visto beneficiados por la manutención del status quo. Incluso, a mi modo de ver, la clase media y baja que defiende a Uribe es como el perro que defiende y cuida la casa, pero duerme por fuera...“Matarife” tiene el potencial de romper con todo eso.

Recordar al país que quien por 8 años fue su “gran colombiano” fue partícipe de masacres a poblaciones vulnerables; propició un terrible acoso, persecución y amenazas a periodistas y opositores; se vió envuelto en escándalos de corrupción como la Yidispolítica; tenía fuertes vínculos con el paramilitarismo y el narcotráfico y estuvo envuelto en un fenómeno de asesinatos a jóvenes vulnerables haciéndolos pasar por bajas de combate (que por pura complacencia llamamos falsos positivos para no sentirnos tan mal) entre un gran número de otros eventos dolorosos para la democracia de nuestro país, genera una memoria histórica de los hechos contemporáneos de Colombia, que a veces quedan en el olvido debido a las pasiones y desinformación con la que se manipula al electorado.

Mendoza con su serie tiene toda la oportunidad de recordar eso; de llegar a muchas más personas y de crear conciencia sobre la clase política a quienes muchos, tienen puestos en un pedestal. Por demás acompañado de esa gran oportunidad está un riesgo latente que se presenta como resultado del lenguaje y la actitud que toma Mendoza al dirigirse a su audiencia.

Por ejemplo, llamar a Uribe “el mayor genocida de América Latina” es de entrada muy pretencioso. Uribe podrá ser corrupto, tener vínculos claros con el narco-paramilitarismo, y haber estado involucrado en las muertes de miles de personas, entre muchas otras cosas, pero el término ​genocida r​eside en un debate semántico muy complejo. El genocidio a la luz del derecho internacional difiere mucho de su definición sociológica pero en todo caso, al hablar de ​genocidio en América Latina, tanto la jurisprudencia, como la academia se han referido principalmente a los actos violentos y sistematicos, físicos y/o simbólicos contra minorías étnicas, como es el caso del genocidio guatemalteco. Sin embargo, incluso si quisiéramos ampliar la definición, probablemente los gobiernos de Pinochet y Videla se llevarían la medalla.

En muchos otros casos también , el lenguaje le juega una mala pasada a Mendoza. Un dejo de ira y arrogancia, acompañado de adjetivos inculpatorios e imprecisiones semánticas, hacen que su discurso pierda credibilidad, por más de que sus investigaciones cumplan con el debido rigor investigativo (no olvidemos también que fue Mendoza quien develó todo el escándalo de la Ñeñepolítica entre muchos otros). Es muy fácil que el exceso de demagogia nublen o terminen por invalidar el trabajo. Es muy probable además, que la audiencia se aburra de que digan que Uribe es un “paraco”, sin mostrar la evidencia sólida de por qué es un “paraco”. Insisto sin embargo, en que juzgar, apenas conociendo el primer capítulo es bastante irresponsable.

Finalmente, para concluir esta columna, quiero señalar que ver “Matarife” hoy en día, está más vigente que nunca, cuando en manos de Iván Duque parecemos estar repitiendo una versión light, o una réplica AA, -a veces incluso una parodia- de lo que fue la seguridad democrática de Uribe. Después de fallar en “hacer trizas el acuerdo”, escándalos como el retorno de los “falsos positivos”, el perfilamiento a periodistas, el asesinato sistemático de líderes sociales, el impulso de proyectos que optan por la expoliación de zonas como la amazonía y la entrada de dineros del narcotráfico en la campaña de Duque (ñeñepolítica), nos hace recordar con creces un pasado catastrófico. Espero de corazón que “Matarife” le muestre al electorado joven ese pasado nubloso que en algunos casos nos han vendido como “glorioso”; y que el electorado mayor, al menos se desradicalice, al ver de forma evidente como esa figura alegre y paternal, no es tan inmaculada y romántica como ellos creen.

No espero que “Matarife” sea algo revelador que nos lleve a un nuevo capítulo de la historia de Colombia, pero siento que con hacernos recordar y hablar de los crímenes de Uribe es más que suficiente para que valga la pena tenerle cierto grado de fe al proyecto. Es la oportunidad de cambiar la conciencia colectiva y cuestionar a quien a pesar de tener más de 200 investigaciones en su contra (donde los testigos tienen el feo hábito morir coincidencialmente), sigue poniendo presidentes a la cabeza de nuestro país...

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