• En Perspectiva

Un Arrepentimiento Incurable; Guillermo Francisco Reyes Larrazábal

Sentado, me hacía yo, una tarde del mes de marzo, en la concurrida calle de ‘champs elisee’. Veía el tiempo y el viento del invierno, irse ante mis ojos. Llegaba así, esa misma tarde, una primavera febril, la que me colmaba de necesidades pueriles. Veía a un joven caminando en la calle, poca ropa, de seguro frío tenia; iba cogido de la mano de una muy bella joven, quizás un par de veranos menor que él. Se veían plenamente felices, como si el uno le perteneciese al otro. Sin darme cuenta, estos adolescentes tardíos se me acercaron, se pararon en frente de mi alma y no dijeron una sola palabra. Ninguno parpadeo, ninguno se inmuto, solo existían en ese espacio tiempo que compartíamos dentro de mi mente. Se quedaron viéndome fijamente, como si fuese yo una pintura; risa es lo que me saca, ¿Yo, una pintura? Si soy la escoria de la belleza. Después de unos minutos se alejaron, seguían cogidos de las manos, pero esta vez veía como a la joven le escurrían lagrimas gruesas, no paraba de caminar, no paraba de llorar. En acto seguido se detuvieron y se miraron el uno al otro, el tiempo se detuvo, y pude apreciar las razones, la forma y me levante de mi sucio reposadero público. Al levantarme, el tiempo, el viento, la gente, todo se mantuvo estático en el momento, me pregunte ¿A qué me recuerdan estos dos jóvenes? La respuesta sabía que me costaría encontrar.


Alguna vez tuve yo un amor, transformó una realidad grisácea en una atemporal y colorida.


Caminando las calles estáticas de la ciudad de la luz, sentí una brisa salir de entre los arboles que marcan la perfecta entrada de las tuileries. A mi edad lo he visto casi todo, pero no me considero sabio, ni viejo, soy joven, ausente de mi propia forma. Extrañeza siento, al percatarme de que mi propia mente me pone una trampa; una imagen, creación de mi imaginario mental, se triplica, se multiplica, se divide. Me sentía como en el cuarto de los espejos de una casa de sustos, solo que, en este caso lo único que me asustaba era mi propio ser. Las acciones y sus consecuencias me persiguen. Sigo mi camino, y se repite está imagen, en casos la veo borrosa, a veces cambia de color. Paris, con su inigualable arquitectura, de una época ya dejada en el pasado, en la memoria marcada por los grandes cementerios.


Haciendo mi camino a través de las calles parisinas llego al imponente y vacío museo Louvre, aún esta imagen aparece a mi lado, no la puedo sacar de mi mente, no la logro relacionar a nada de mi alrededor. Al ver las milenarias pinturas y esculturas me fijo en una en específico; “Psiche reanimada por el beso del amor”. Veo en esta escultura el acercamiento desde el amor, entre el alma y el cuerpo, visto por las sensaciones, los movimientos y las curvas perfectas, que hacen un énfasis en el impacto sensorial de los sentimientos. Al ir de salida pronta del gran palacio del Louvre, me fijo en la pirámide central, el reflejo de la noche, de la luna, de las estrellas, acompaña las lagrimas sangrientas que caen desconocidamente de mis ojos sensibles. No me doy cuenta. Hasta mi propio cuerpo actúa en mi contra. Caen como cantaros, mis lagrimales se quedan resecos y me derrito, lentamente me derrito. Ah parado, ah parado de surgir esta repetitiva imagen de mi ilusión. Al culminar mi visita al gran palacio del Louvre sé que me dirijo en camino a la gran torre Eiffel.


Bien como era ya hora del atardecer, observé con precisión como el color caramelo y naranja, que se quedaba estático en el tiempo, me calentaba mis manos temblorosas de ansiedad, el sol cogía un color de rojo, candente; todo tras la estructura de la torre. Tras una leve meditación de lo que estaba viviendo durante esos momentos de explotación epifánica, llegué a una realización en forma de pregunta, ¿En qué me he convertido? ¿Soy yo el jorobado de Notre Dame en vida? Mientras veía como la vida parisina pasaba alrededor de mis ojos, solo pude percatarme, unos momentos más tarde, que ya había arribado al champ de mars. El famoso parque de la imponente torre de hierro. Vi a varios, numerosos caballeros, arrodillados frente a la mano de mujeres hermosas, todas bellamente vestidas; una tarde hermosa. Pero independientemente de ver cuan grande felicidad en las multitudinarias caras de los campos de marte, me sentí atacado por un viento de arrepentimiento. Un dolor en el pecho indescriptible, que me tiró al piso en el instante. Caí, pero aún veía con ojos de niño, la punta de lápiz que tiene la Eiffel. Un Lobo Hombre en Paris, en eso me convertí momentáneamente, un lobo hombre sin un fin, sin un propósito puntual; me sentía solo, desabrido, cegado por una realidad que no deseo enfrentar.


Me senté por un largo rato al pie de la torre, la observé; cuan magnifica, sobria, hermosa, memorable. Pero cuan degradada se ve, ¿me abre yo degradado con ella? Quizás más bien yo soy la razón de que su hierro haya perdido su color original.


Quien sea que haya tenido la oportunidad de pisar los pastos vecinos al hierro de la torre sabrá que nunca se borrará de su mente la figura, la forma, el olor a metal. En el momento llegué a una realización, a una incógnita sin respuesta, “¿Me estoy muriendo?”. Si. Eso es algo obvio, todos nos morimos, lentamente, mientras el paso del tiempo nos reseca y nos convierte en el polvo. “Polvo fuimos, polvo somos, polvo seremos.” ¿Este es el destino que espera a un corazón solitario y desabrido? Posiblemente. Un triste y desabrido hombre que no dejaría atrás, sino un cuerpo, una lapida en un cementerio.


No puedo negarlo, la vida entera busqué un propósito, busqué cuales serían las formas de conseguir la felicidad tácita, verdadera, tangible, no solo la imaginable o aquella felicidad que aparece solo en los sueños nocturnos. Tuve como principio, desde el comienzo de mi conciencia, buscar la realidad que mas satisficiera mis deseos; es innegable, esto cambió, si no, no estaría narrando mis turbias ocurrencias momentáneas. Recuerdo, hace casi treinta marzos atrás, cuando me sentaba aquí mismo, al pie de la torre, a fumarme un puro y leer diariamente las repetitivas noticias en los periódicos irremediablemente amarillos, pero desde ese marzo, hace treinta años, el tabaco nunca supo igual, todos los días fueron grises.


Justo ahora que dirijo mi mirada a la tienda de chucherías en el costado oriental de la torre, solo puedo recordar aquellos momentos, en este mismo lugar; regresa a mi memoria, una risa: tierna, cálida, deseable, era la risa que me atrapo y me llevo por Paris. Le recuerdo, pero no soy capaz, no logro determinar concretamente de quién es la risa. Como la figura que aparece en mi mente, me domina, me controla, pero la desconozco, esta risa es desconocida para mi mente. He de continuar mi camino hacía una determinada muerte del pensamiento, una muerte del sueño que atravieso.


Paris, una ciudad bella, grande, artística, revolucionaria, lucida, amorosa. Mi caminar continúa por el costado del rio Sena, siento los olores, veo las varias embarcaciones que le cruzan, pero pausadas en el tiempo. Busco en mis bolsillos y encuentro mi vieja pipa de tabaco acompañada por una bolsa de tabaco, quizás ya ranció y pasado, posiblemente me cause malestar, pero ahora que cojo camino en el lecho de la muerte, ya que mas da. Así me preparó mi ultima pipa. Los últimos sabores que sentirá mi paladar y mis ya carcomidos pulmones.


Con fuerte desasosiego me paro frente a la gótica, o así le llamaba yo. La magnificente catedral de Notre Dame. Pase por esas puertas un centenar de veces, no siempre a confesar mis múltiples pecados, si no a veces a escuchar su órgano, las melodías, los sonidos. Ahora quizás me siente en alguno de sus asientos de madera a escuchar aquel órgano por ultima vez, entonando la ultima escritura de Mozart, Réquiem en re menor, el trágico llamamiento que me hace el más allá. Me senté en la gótica a admirar su estructura, perfecta en todo sentido, pero le hacía falta algo, su alma estaba incompleta. Víctor Hugo nos dejo pensando que el amor se inmortaliza en Notre Dame. ¿Dónde ha quedado mi amor? ¿Quién soy yo sin tener a quien amar?


Ahora todo mi mundo parisino detenido en el tiempo se oscurece, no veo sino espejismos, recuerdos leves de lo que he vivido, puestos al frente de mis ojos. Cual espíritus se me acercaban, pero oía un grito, femenino, doloroso, adentro de mi corazón. De inmediato se acerco corriendo una mujer en forma de alucinación, la recuerdo, la veo, la siento, la huelo, la escucho, pero no logró relacionarla; no se quién es, pero me brinda una tranquilidad y desesperación al mismo tiempo. “Aquí estoy…Te he estado esperando… ¿Ya te decidiste?” Me dice aquella alucinación en forma de mujer. A lo que respondo desconocidamente, “Si mi querida. Me ha tomado tiempo, pero heme aquí.” Es como si una fuerza sobre natural se hubiese apoderado de mi cuerpo y mente momentáneamente. Nunca pensé que el camino hacía el cielo o el infierno fuese tan complejo de comprender. No sé bien si he sido bueno o malo. Pero creo, siento, que me ha faltado algo, me ha faltado…


El amor.


Continúo mi camino por la senda de subida hacía Mont Martre, donde espero ver por ultima vez, por mis ojos marrones verdosos, el atardecer parisino. Sus cafés de subida, las escaleras, la cantidad de gente, su cambio repentino de temperatura por la altura; único en su clase es Mont Martre. He decidido sentarme en aquellas escaleras ubicadas directamente debajo de la bella basílica de Sacré Cœur (sagrado corazón). El tiempo sigue detenido, pero el sol baja, se esconde tras el oeste de parís, un ultimo ocaso para mí. Pero esta ultima vuelta de parís me ha enseñado que aun existe el arrepentimiento en mi corazón. Mi alma no descansará tranquila. Todo por una sola razón. Veré pronto a Dios, subiré a que Él sea mi ultimo juez, solo para que me pregunté ¿Qué te faltó mi querido Antoine? ¿Una ultima confesión? A lo que yo responderé “Si. Me arrepiento de vivir sin razón. Tuve una vida, pero no logré mi cometido. Gasté el tiempo, el dinero. Lo mal gasté todo. Hoy llego a ti con sufrimiento y dolor. Porque solo me hizo falta una cosa. Así que todo poderoso, bien, dispón de mi alma a dónde los pecadores como yo hemos de terminar.”


Falté, me equivoqué, pero viví. Hoy momentos antes de verme con el creador, me arrepiento de no decir “Te amo”. Mi único arrepentimiento es ese. Lo tuve todo. Lo viví todo. Pero no fui capaz de hacerle saber a mi amor eterno, que, sin ella, mi vida pierde cualquier tipo de sentido. He perdido mi chance de declarar mi amor eterno.


Oh, Dios mío, permíteme, en lo mínimo, deshacer mi error. Sé que mi tiempo ha acabado, pero daría lo que fuera por besar esos labios, por hablarle con el corazón en la mano. Daría mi alma, mi cuerpo, mi ser; lo daría todo, solo por hacerle saber a ella, que es lo mas importante que me pasó, lo mas hermoso que tuve. Mi creador divino, dame el permiso de darle una ultima carta, con mi corazón en una caja. Déjame unirme con ella una vez más.


Mis ultimas palabras se las dedico a Sophie. En está corta carta.


Mi amada Sophie,


La muerte me ha cogido de la mano, y me ha dado una vuelta por nuestra ciudad. Dónde recordé todos los momentos, todos los lugares donde compartimos, o por lo menos, donde soñé que compartiéramos. Querida, pudiese dedicarte mil y un versos poéticos, cientos de canciones, millones de frases, porque lo fuiste todo para mí. Por esto mismo, junto a esta carta te dejo una caja de madera con cerradura de oro, donde quedará mi corazón, latiendo por ti. Recuerdo la primera vez que te vi, sentada en el café de flore cerca de donde ahora muero, en mont martre. Usabas un vestido blanco, simple, pero hermoso. Lo recuerdo como si fuese ayer. Mirarte por primera vez me trajo el mismo sentimiento que tengo ahora; el tiempo se detuvo, y mi vida cambió para siempre. Como olvidar aquella vez que caminamos todo champs elisee, juntos cogidos de la mano, sujetando nuestro amor, solo porque tú buscabas una copia de “La Dama de las Camelias” de Alexandre Dumas. Mi camino hacía la muerte me llevó por el Louvre, donde te encontraba casi diariamente admirando la misma obra, “Psiche reanimada por le beso del amor”. Y cómo olvidar los sábados que pasábamos juntos admirando la Eiffel, hasta el día en que moriste. Lo recuerdo vívidamente, te fuiste antes que yo, treinta marzos antes que yo. Me preparaba para embarcarme en la misión más importante de mi vida, y en ese justo momento caíste sobre mí mientras me arrodillaba. Nunca pude y nunca podré declararte mi amor eterno. Pero por esta minúscula carta te hago saber que lucharé contra el mismísimo satanás si me toca, solo para poderte decir, mi ángel, que te amo.


Antoine...


Es tiempo ya de partir, adiós mi ciudad Paris, adiós a los recuerdos, adiós a lo ultimo que queda de mí. Ha caído el sol en Paris.



Guillermo Francisco Reyes Larrazábal

Marzo 1 de 2021



Lector,


Hoy, primero de marzo, fecha de publicación de este, mi primer cuento corto, deseo darle las gracias por confiar en En Perspectiva como un medio fidedigno de opinión juvenil. Sea usted invitado a leer y si lo desea, escribir para la página; su opinión es igual de importante a la de los demás.




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