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¿Surgirá algún día la paz?; Santiago Archila

Colombia, tristemente, país de conflictos centenarios de traza insoluble. Las últimas semanas han puesto de luto a toda una nación que hoy queda confundida, impotente, en efecto con un amargo e intenso dolor de patria. Justo ahora no es relevante seguir haciendo una crónica de los minutos de horror vividos por aquellos que pasarán a la historia, por lo que parece ser un abrebocas de una nueva oleada de violencia en nuestro país.


¿Qué está pasando aquí? Está parece ser la incógnita que no para de relucir en la cabeza de 50 millones de colombianos cada vez que miramos titulares y nos encontramos con más muerte en una generación que es base para construir una nueva república. Volvieron las masacres, gritan de lado a lado, cuando en realidad en palabras del presidente Duque, nunca se fueron. Una triste realidad, un baldado de agua fría, que nos hizo ver sin anestesia hechos que creíamos borrados. Pueden llamarlo como quieran, masacres o asesinatos colectivos, eso no desvanece lo preocupante, más de 35 víctimas en menos de 15 días.


Si analizamos la historia colombiana, parece que jamás hemos vivido en paz, sino en un conflicto eterno que cuál metamorfosis kafkiana, que se transforma constantemente, y pareciera ser cada día más turbio y cruel. La violencia, los secuestros, la muerte de nuestros jóvenes, la incapacidad para imponer orden en un territorio, la criminalidad, el narcotráfico y la corrupción se han confabulado como un régimen contra el Estado agónico y evidentemente capturado por la fuerza del mal. Somos un país que ha logrado resolver problemas críticos en momentos adversos, pero para lograrlo está vez es necesario dar un paso al lado y analizar cuales son los factores que nos han dejados vestidos de negro estas semanas.


Mucho se advirtió que la impunidad sería un potente motor para nuevas violencias, no lo ha demostrado la historia, es este el resultado de buscar perdón sin reparación. Un acuerdo es bilateral y si bien el gobierno nacional ha tenido fallas, los incumplimientos más graves los ha realizado el nuevo partido de la rosa. El debilitamiento inconmensurable de nuestras fuerzas armadas hace más difícil la labor de llegar como primera mano a las poblaciones rurales, dejándolas en abandono y a disposición de los grupos insurgentes. Sí, es necesario dejar las conversaciones del pasado si se quiere solucionar esto de raíz, pero a muchos les parece imposible con tal impunidad de por medio. El camino siempre será la paz, de eso no hay duda alguna, pero el proceso de La Habana ha sido muestra clara de total pasión y casi cero doctrinas, que dejaron un Nobel y aplausos de la comunidad internacional por una paz que hoy es efímera.


No me mal interpreten, no estoy cayendo en el discurso de paz sí pero no así, más bien en un discurso que muestra nuestra mayor equivocación, centrarnos en discusiones de una paz incompleta en vez de hacer acuerdos sobre lo fundamental. El proceso del 2016 explotó la violencia en muchos más frentes. Las disidencias, el ELN, los nuevos carteles del narcotráfico y las denominadas barcim se apoderaron del orden regional. Existe otra verdad que no ha querido ser reconocida, especialmente por los jóvenes, las principales víctimas de estos nefastos asesinatos. El principal artífice de estos sucesos es el narcotráfico, ese mismo narcotráfico con el que Juan Manuel Santos fue tan permisivo en sus últimos años de gobierno, ese mismo que se disparó con los acuerdos de La Habana. Mientras en Bogotá, el Capitolio Nacional discutía cifras multimillonarias para sostener un acuerdo defectuoso, las mismas disidencias de las FARC inundaron de coca las regiones que hoy están de luto.


El error principal no estuvo en la JEP, tampoco en los campamentos para la reinserción de los excombatientes, sino en permitir que los nuevos reyes de a criminalidad armaran un músculo financiero digno de la lista Forbes, mientras todos mirábamos hacia otro lado. Que esto sea causa de políticas débiles de un gobierno anterior no exime de responsabilidad al gobierno nacional, Iván Duque y el Ministerio de Defensa deberán generar estrategias rápidas para contener el crecimiento exponencial de la violencia. También será justo analizar el rol de los gobiernos locales, ¿serán víctimas del nefasto centralismo de nuestro país o también estarían mirando para otro lado? Sin duda la agenda debe cambiar para los siguientes dos años, buscando estrategias que desarticulen financieramente a estas organizaciones criminales y desarrollando mecanismos que aseguren la presencia del Estado en cada milímetro del territorio nacional.


Para Colombia, dentro de tanto dolor, puede ser por fin la gran oportunidad de construir ese destino del que somos capaces, superando colectivamente los conflictos que hoy nos separan. Somos los jóvenes los que debemos imponer una voz y una lupa frente lo que pasa, una mirada a nuestra realidad antes de publicar fotos y hashtags que condenen la violencia de países externos a nuestro entorno. Indudablemente surgirá la paz el día que nos pongamos de acuerdo sobre lo fundamental y centremos todas nuestras fuerzas en luchar lo que verdaderamente nos está matando.

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