• En Perspectiva

Reconociéndome en el reflejo ajeno

María José Vargas


Un sentido de realización y orden. Eso es lo que buscamos a diario, así sea en los demás. Hay una satisfacción penosa en admitir que ver videos por horas de gente organizando su cuarto, ganando medallas o entrando a la universidad de sus sueños da un sentido de orgullo. Es como si en un intento de sentirnos exitosos, nos resguardamos detrás del logro de los demás. De aquellos logros con los que siempre hemos soñado, pero que parecen demasiado imposibles de alcanzar – al menos para nosotros. Es por esto por lo que encontramos un refugio tras nuestras pantallas. Mientras vemos al otro cumplir sus – nuestros – sueños, no podemos dejar de imaginarnos estar en su lugar. Nuestros ojos ven sus caras, pero nuestras mentes ven la nuestra. En la última decada hemos creado una obsesión por reconocernos en la imagen del otro por medio de las redes sociales. Frente a la pantalla nos hemos vuelto observadores pasivos de nuestra propia vida, consumiendo contenido de todo aquello que aspiramos ser.


Considero que la mejor forma de explicar este fenómeno es por medio de una pequeña anécdota. Estando en mi último año de colegio, en los meses recientes he sentido la exhaustiva presión de aplicar a la universidad. Esperar por los resultados es lo más alarmante del proceso. Me he llenado de dudas, preguntandome si mis esfuerzos en los últimos cuatro años son suficientes para alcanzar lo que me he propuesto. ¿He puesto la vara muy alto? Entre más tiempo pasa, menos segura estoy de mis capacidades y como refugio de este incierto futuro, he tomado los videos de Youtube como vía de escape. Me he sumergido en horas de ver a personas reaccionando a los resultados de sus aplicaciones – y Spoiler Alert: siempre entran a las universidades de sus sueños. ¿Qué pasa con el otro gran porcentaje de la población que no cuenta con esta suerte? Fácil, están ahí, solo que sus videos no crean el mismo morbo, porque solo nos interesa el poder reflejarnos en una vida llena de éxitos. En un intento de huir de mis miedos por que la universidad de mis sueños me rechazara, vi en otros el reflejo de lo que quería que fuera mi vida, lo que creó un sentimiento de confortabilidad que no podía encontrar en otro lado.


Ahora bien, este no es un artículo que intente condenar a las redes sociales y encasillarlas en solo algo malvado. La necesidad del ser humano de reconocerse en el otro existe desde hace siglos. Es la razón por la que históricamente se ha hecho de Jesús un hombre blanco con facciones eurocéntricas. Esto nace de una necesidad colectiva que tenían los colonos de ser la “raza superior”. Era inevitable que no se apropiaran de los difusores de imágenes principales de ese momento para mostrar su poder sobre el resto. Ahora, cada vez que un colono veía una de las tantas imágenes que recordaban a la omnipotencia de Jesús, ellos no podían evitar reconocerse en él. Necesitaban algo que les reconfortara y les dijera que ellos eran los salvadores y superiores.


Avancemos unos siglos más y vemos esta necesidad de reconocimiento presente en el romanticismo. Un movimiento caracterizado por la libertad, individualidad, subjetividad y sobretodo sentimentalismo, llegó cuando las personas urgían dejar atrás el racionalismo y orden extremo. Necesitaban algún tipo de esperanza en su vida para demostrarles que podían escapar. Es justamente de aquí, del escape, que la ficción se vuelve el eje de esta sociedad. Novelas como Orgullo y prejuicio o Cumbres borrascosas se convierten en el confort de cientos y se dan la oportunidad de sentirse identificados con los personajes, insertando su propio nombre en cada página.


Sin embargo, las redes sociales presentan una particularidad ausente en el resto de la historia. El otro, con el que nos queremos identificar, deja de ser alguien ajeno o ficticio. En su lugar, se vuelven conocidos, amigos o hasta familiares. Gracias a las redes sociales, esta necesidad de reconocimiento traspasa lo desconocido y vemos en personas como nuestros amigos, la vida que quisieramos tener. Se crea un efecto espejo transformado por imágenes ajenas que aceptamos como nuestras. La cercanía de estas personas a nuestra vida personal es alarmante, ya que, a diferencia de como ha sucedido antes en la historia, el sentimiento de reconocimiento se puede transformar muy fácilmente en envidia. Esta proximidad nos lleva a preguntar ¿por qué él y no yo? Inevitablemente, en tiempos modernos, el reconocimiento presupone envidia, así no lo queramos admitir.


Asimismo, con las redes sociales se desarrolla un nuevo fenómeno en el que no solo buscamos vernos en el otro, sino que también esperamos que el otro se identifique con nosotros. Consecuentemente, la pantalla se vuelve un espejo de dos vías que no discrimina entre observador y sujeto. Los humanos nos convertimos en transacciones comerciales, comprando y vendiendo la imagen de una vida que otros quisieran tener. En este sentido, las redes sociales y las novelas del romanticismo no parecen distintas, dado que ambas inventan historias con el objetivo de que el público se olvide de su propia vida y anhele la del protagonista. Hemos recaído en un sistema de compra-venta intrínseco de nuestra sociedad capitalista, en la que le ponemos una etiqueta de precio a nuestra identidad: la felicidad.


Aunque la necesidad de reconocerse en el otro parece ser innato del ser humano y se ha presentado múltiples veces en la historia, las redes sociales ofrecen una nueva perspectiva frente a este fenómeno y cambian en su totalidad las reglas del juego. A consecuencia de las redes sociales nos obsesionamos con los logros de otros, incluidas las personas que más queremos, para intentar satisfacer la ausencia de los nuestros. Sin embargo, en la modernidad, no nos limitamos a solo admirar la vida del otro, sino que también queremos que los demás vean en nuestra vida satisfacción propia. Para hacerlo, creamos todo un acto que en realidad solo se aleja más de la verdadera vida que llevamos. Por tanto, sin que lo notemos, entre más creemos ser nosotros mismos, más nos alienamos. Nos volvemos espectadores de lo que alguna vez deseamos ser.

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