• En Perspectiva

El Orofué; Carlos Felipe Holguín

Mi primo aún sujetaba firmemente la balinera, apuntando con la mira telescópica al espacio entre ramas, donde aún quedaban los restos descuartizados de una fruta. Lentamente bajó el rifle, y nos acercamos al lugar donde había caído la presa. No era más que un pajarito, uno de cresta roja. Con el pico abierto, seguramente por el impacto del balín contra su cráneo, un tiro impecable que tranquilizó a mi primo ante el prospecto de un remate despiadado contra el suelo.

- Parece que esa fruta estaba muy buena. Añadió.

Después de todo, los tres tiros anteriores no habían logrado alejarlo, había continuado desgarrando esa fruta de pulpa rojiza mientras que mi primo lentamente ajustaba la trayectoria. Me sorprendió la falta de sangre sobre el suelo.

No había pasado más de un minuto desde el último disparo cuando los árboles empezaron a sacudirse violentamente, como si un torbellino misterioso desgarrara sus copas. Empezaron a caer hojas y pequeñas ramas; algunas frutas, como la que había abandonado nuestra presa, caían retumbando contundentemente sobre el suelo, como gotas gigantescas de lluvia. Y un chillido desgarrador se apoderó del silencio, parecía como si todas las chicharras del bosque hubieran decidido fallecer al unisón, mientras que los pájaros, exaltados por lo que sucedía, saltaban frenéticamente de rama en rama.

Esa fue probablemente la primera vez que lo ví, desplazándose entre las sombras de los árboles más lejanos, donde el sol no alcanzaba el suelo. Lo ví, sacudiendo el tejido del bosque, en un evento que años más tarde mi primo no recordaría y, que, sin embargo, quedó vivamente plasmado en mi memoria.

La presa fue recogida por el mayordomo de la finca. Mi primo, enorgullecido con la caza, le mostró el pajarito pulverizado a los escoltas que se encontraban tomando tinto en una pequeña caseta que les ofrecía algo de sombra ante el ardiente sol de la mañana. Al verlo, se cagaron de la risa, burlándose tiernamente de la desafortunada caza del hijo del jefe, que había prometido llegarles con tres Guacharacas en la mano. Uno de ellos, arrebatándole el pajarito al mayordomo, lo sostuvo inerte sobre la palma de la mano, con la cabeza y las patas desbordándose sobre sus dedos. Mirando a su compañero, dijo, haciendo referencia a su paso por el ejército,

- Acuérdate del corazón de gavilán.

- ¡El corazón de faisán será! Repetía su compañero, seguido por una carcajada de los demás compañeros que entendieron la referencia mientras que los demás solo sonreían en solidaridad.

Desenfundado su cuchillo, abrió en par el pecho del animal y extrajo el pequeño corazón con la yema de sus pulgares. Mientras que mi primo miraba asombrado, yo en cambio devolví mi cabeza al bosque, sentía como la oscuridad perpetua de los árboles nos observaba desde el silencio lejano del crimen.

Años más tarde, caminaba solitario por el sendero artificial que se extendía entre la profusa vegetación del bosque, esquivando los socavones que habían adquirido para mi una importancia especial. Nadie más se acercaba, pues a todos los acechaba una abrumadora sensación de inquietud, sobre todo en esas noches, cuando las brujas ascendían de los socavones hasta las copas de los árboles. De vez en cuando se escuchaban jaurías de perros salvajes pisando en multitud las hojas secas del suelo. Sin embargo, pasaban sin nunca ser vistos.

Y en esa noche, de la que no esperaba nada, fue que realmente lo ví.

Posado sobre una gruesa rama horizontal, con sus garras clavadas en el tronco, se extendía cuatro metros en el aire. Era una masa ancha y negrísima, más oscura que la noche, como atrapada en una túnica de pelos y plumas. De la túnica, sobresalía una extraña cabeza perfectamente circular, con dos ojos amarillos y brillantes que lo delataban. Ojos de búho y unas orejas larguísimas de gato que, en realidad, parecían antenas. Nunca había visto al Ourofué, solo lo conocía de una olvidada pesadilla que me acechó en varias ocasiones... veía al bosque siendo devorado por una extensa y asfixiante mancha al palpitar de ese extraño nombre... Pero ahora solo me observaba, de forma inofensiva e incluso cautivadora. Y lo que fue un primer momento de sorpresa se extendió hasta el punto donde él se convirtió en una pieza más del paisaje nocturno. El bosque había caído en silencio, y, abriendo su extensa túnica, descendieron hasta tocar el suelo dos brazos difusos. Se contorsionó de una forma casi siniestra, hasta alcanzarme con su rostro. Allí fue cuando realmente vi que sus ojos estaban conformados por una red universal de pepitas doradas que, de forma sobrenatural, lograban reflejar la oscuridad de esa noche.

Nuevamente contorsionando su cuerpo, ingresó lentamente en uno de los socavones, sin apartar su mirada de mí. Finalmente desapareció en el subsuelo, no sin antes depositar sobre mi mano una fruta de pulpa roja, abierta por la mitad.

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