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El drama de las tarifas dinámicas; Guillermo Reyes

Después de los nublados tiempos de la pandemia nos hemos visto en la innegable necesidad de experimentar el nuevo compromiso con las exigencias corpóreas; salir de las obligaciones caseras y romper el ciclo de actividades domesticas en busca de los deseos hedonistas. Por eso mismo, es claro ver que existe una definitiva relación causal entre el deseo de salir con el número exorbitante de conciertos y eventos multitudinarios. Es posible que el parque Simón Bolívar y el Movistar Arena no aguanten tanto voltaje. En el caso colombiano, el Festival Estéreo Picnic (FEP), el Cordillera, la Solar, Rompe, Ritvales, Doom, Baum festival y muchos otros más han recibido la asistencia de miles de almas que cargan consigo el impulso de bailar, cantar, sentir y por supuesto experimentar shows sin igual; luces, pólvora, sonido envolvente, cocteles, todos los juguetes. Ahora bien, tanto como es una oportunidad para nosotros los asistentes, de disfrutar de los artistas de talla mundial o incluso poder ver a nuestros favoritos locales, quienes han salido como rotundos ganadores son quienes organizan estos espectáculos. Para cualquiera que presencie de vez en cuando a algún concierto quizás el tema de las tarifas dinámicas suena como algo completamente desconocido y que no tiene ni tendrá relevancia alguna en su vida cotidiana, sin embargo, tiene un impacto significativo, así vaya a un espectáculo al año.


Para el segundo semestre del 2023 llegaron a Colombia las tarifas dinámicas. Uno de los organizadores más reconocidos del país, Paramo Presenta, encargado de la producción de espectáculos de la envergadura del FEP vendió el 51% de sus acciones a otro organizador reconocido, Ocesa. Se podría llamar a esta como la franquicia colombiana del masivo productor de eventos a nivel mundial Live Nation Entertainment Inc. encargado de promover y producir conciertos para artistas como Travis Scott en su tour Astroworld, Bad bunny en su tour un verano sin ti, Taylor Swift, Rosalía e incluso RBD a nivel mundial. Puede sonar desmedido, pero Live Nation por medio de sus más de 170 empresas subsidiarias a nivel mundial, ha adquirido el monopolio de los conciertos y eventos masivos.


Ocesa ha sido reconocida por producir eventos que se quedan cortos con los deseos y expectativas de sus asistentes. Enredo en las entradas y salidas, incumplimiento frente a las autoridades por falta de permisos de entidades públicas, desorden en las locaciones, poco orden del personal, caos dentro de los conciertos; en general sus eventos no han sido vistos como los más amenos para sus asistentes. La historia es completamente diferente en el caso de Paramo, a quienes se les reconoce por ser supremamente ordenados, donde hasta el más mínimo detalle es pensado con anterioridad a la celebración y en los cuales resuena un sentimiento de felicidad y completa satisfacción. Por esto mismo, es común oír a los asistentes decir que valió totalmente la pena el concierto o que el costo de la boleta se vio completamente reflejado en una noche “perfecta”. Ahora, con la adquisición de la mayoría de las acciones de Paramo por Ocesa ha crecido un miedo reiterado por posibles cambios dentro de la forma en la que las cosas han salido, por la prestación de un servicio al estilo Ocesa y no Paramo. Pero todo está por verse en los próximos conciertos y festivales que han de venir. Sin embargo, hay algo aún más preocupante que la decadencia de los eventos y es el precio para acceder a estos y la aplicación de las poco conocidas tarifas dinámicas en Colombia.


La tiquetera estadounidense Ticketmaster -subsidiaria de Live Nation- se ha encargado de promover este método de venta de entradas para conciertos, festivales, eventos deportivos, entre muchos otros, por lo que ha recibido críticas por montón, tanto así que este tema ha llegado al mismísimo presidente de Estados Unidos Joe Biden. Pero ¿qué son las tarifas dinámicas?, ¿cómo funcionan? y ¿por qué son un problema inminente para el mercado de eventos masivos en el país? Fundamentalmente estas hacen referencia a la alteración en el precio de las boletas para los eventos, una alteración basada en la oferta y demanda. Bajo el presupuesto del dinamismo en la venta de las boletas, se les da las tiqueteras, promotoras y organizadores de los eventos la posibilidad de cambiar las condiciones iniciales. Todo esto quiere decir que los cambios en el precio de la boletería solo representan el lucro excesivo de los encargados, y el cobro injustificado de los eventos; boletas que cambian de precio sin razón de manera inesperada.


Quizás el primer caso de aplicación de las tarifas dinámicas al estilo estadounidense fueron las dos fechas de Morat en el Estadio El Campin de Bogotá para el próximo año. Los precios propuestos por los organizadores vieron una variación al momento en el que los compradores adquirían las boletas; cambios de entre 30,000, 50,000, 70,000 e incluso 90,000 pesos. Ahora no puede parecer mucho al ver el precio inicial, sin embargo, eventos como el tour de Taylor Swift que vieron alteraciones entre 400 y 1000 dólares (4,000,000 de pesos) sobre el valor original deben mostrar un posible futuro cercano para el mercado colombiano de los eventos.


Es claro el problema entonces. Un mercado que tiene un vacío jurídico gigante el cual no cuenta con limitaciones claras a los organizadores en el valor que pueden asignar a la boletería y que le da paso a la competencia desleal, cobros desmedidos, desigualdad en el mercado y principalmente una incapacidad de quienes desean asistir a los conciertos de poder comprar las boletas a un precio justo y razonable. En un país subdesarrollado como Colombia ir a un concierto en sí mismo representa un reto económico para los asistentes. Boletas con precios de 250,000 y 850,000 pesos (y en casos como el FEP, más de 1,000,000) representa un 25 y un 75% del salario mínimo del país y al tener en cuenta que más del 70% de la población vive con menos del salario mínimo es complejo, sino imposible poder ir a conciertos. Al considerar esto, si ya las boletas son de un precio elevado entonces la aplicación de un precio variable puede disminuir las posibilidades de las personas para poder ir a estos eventos masivos. Claro que hay una gran desigualdad socioeconómica en la población colombiana, pero ahora ¿qué debe hacer el Estado para promover el acceso justo y en igualdad de condiciones a conciertos?


El placer de ver un concierto en vivo se equipará a pocas otras cosas de la vida. Ver a Juanes, a Jorge Drexler, Harry Styles, Morat, a cualquier artista es un placer para el asistente, es sentir el flujo directo de la dopamina por las corrientes sanguíneas. Pero si se permite la aplicación de las tarifas dinámicas sin discreción alguna, será cada vez más complejo visitar los venues y gozar de la música y espectáculos. En criterio del autor, debe haber una intervención directa del aparato estatal en busca de salvaguardar los derechos de los consumidores.






































Estimado lector. Si llegó a este punto de la página, déjeme darle la bienvenida al "easter egg" (huevo de pascua). Dentro de mis columnas podrá encontrar uno de estos easter eggs que cuentan una que otra historia interesante; claro, completamente diferente a la lectura realizada. Esta será la primera de dos entregas de un texto sobre una dama sin igual, y siempre igual. Espero sea de su agrado.



"La primera vez que la vi vestía un vestido elegante, muy a pesar de que no tuviera ninguna razón para hacerlo; simplemente con una mirada de sus ojos parecía poderse ver una pintura de Botticelli, quizás más parecida al nacimiento de Venus que la primavera por las tonalidades de verdes y amarillos que arrinconan su pupila. He podido conocerla, sin embargo, sigue haciéndoseme un enigma. Desde el momento en que la vi, supe que no podía perderla de vista. Un alma libre, un alma compuesta, un alma indescriptible. Eso es lo que veo. Una mujer difícil de encontrar. Bella e inteligente. Perseverante, fuerte y dura en su coraza, pero por dentro tierna y delicada.


La visite a su casa. Llevaba conmigo tres sabores de helado diferente y tres sabores de galletas diferentes. Ante la incertidumbre y la ansiedad que sentía tras su negación a ir caminando por el helado, no tuve de otra que lanzar un dardo al infinito, esperando llegar eventualmente al objetivo. Llegue y nos sentamos al pie de una escalera que reposa frente a la entrada de su edificio. Ella tenía un saco verde con huecos -bastante fashion (como siempre)-, unas crocs abatidas por los mordiscos de su hija canina y unos jeans oscuros. Los dueños del show, matadores en la conversación fueron esos ojos que no me dejaban mover por un segundo los míos, eran magnéticos. Hablamos un poco acerca de los varios temas de los días apacibles. Le hable sobre la situación médica de mi que no me dejaba tranquilo, me tenía en completo break down, pero que el verla a ella me hacia feliz; recuerdo haberle dicho. Ella se apeno por intentar cancelarme, pero una amiga en común llego sin aviso. Le dije que no importaba, que solo quería verla y así fue. Me habló del caso de una mujer llamada Marisol que le tocó afrontar en la oficina del consultorio jurídico de la universidad, lo que la dejo en un estado de shock. Compartimos un rato, hablamos de una que otra cosa más, y luego subimos a saludar a Sofi. A lo que luego llegó su mejor amigo quien exalta el sabor de las galletas que le llevé.


Otro martes más. Me baño, desayuno, una hora de tráfico bogotano, alguna clase de primer año que dejé pendiente hace 7 semestres, el mismo almuerzo que la cena de anoche, la rendición de otro concepto más para el trabajo, otra clase de alguna lengua que solo aprenderé para leer a Dostoievski o a Dumas, pero espere… ¿qué avizoro en el futuro cercano? ¡por supuesto! Un coloquio sensacional entre De Beauvoir, Anaximandro, Platón, Sócrates, Freud, Pitágoras, Benedetti, Nietzsche, Maquiavelo, García Márquez, Hobbes, Jung y otros personajes que se unen a este a los asientos de un banquete espectacular. Si, llevaba todo el día esperando a que fueran las veinte horas, para poder por fin sentirme en casa, para por fin sentir la paz de ver esos ojos verdes, marrones, negros y azules. Qué bello es poder contemplar la sabiduría alrededor. Que placer es poder escuchar como cuando abre la boca sale una nueva silaba extraordinaria, otra idea completamente innovadora. Es cautivador, claramente, el poder aprender de quien desea verte bajo una lápida cementerial.


Posiblemente solo si ella me respondiera, todos los problemas que afronta mi corazón pararían de impedir el flujo de la sangre. Quizás si me llamara, el entramado de profundas dudas y sentimientos que recorren mi sistema nervioso cambiarían su trayecto. Si, no sé bien que fue lo que causo en mi esa sonrisa, esos labios, esos ojos verdes. Es simplemente indescriptible volver a sentir cada una de las emociones que se creyeron perdidos en algún viejo hotel. Eso es de lo que hablaba Bertrand días atrás; es un miedo, un miedo a sentir, un miedo a perder el control por un momento de las decisiones, de los pensamientos de lo que se quiere y lo que no se quiere. Eso es. Elizabeth me cautivo y me deconstruyó de nuevo. Me dejo en la lona sin haberme dado un solo puño. Me hizo perder en un juego de ajedrez en el que ni siquiera ha movido un caballo; pero sigo sin saber si el movimiento de su peón es real.


Sonaba en mis audífonos, después de una noche maravillosamente atribulada, el preludio no 3 en mi menor de Chopin mientras reposaba tranquilo en la silla trasera de un Uber. Salía entonces de algún rumbeadero de la ochenta y cinco, donde estuve dirigiendo la orquesta de más de 15 parlantes al unísono por más de 9 horas. Invité a mis compañeros de la cofradía, o más bien secta, también a los de la universidad, y por supuesto a la susodicha. Sin embargo, su forma de actuar durante aquella semana había sido, por poco decir, displicente. Quizás por miedo, o incluso por repulsión. La veía como una mujer bella, pero inalcanzable; por el simple hecho de que cerraba las puertas que yo creía abiertas. Durante el trayecto de regreso a casa, lo único que pensaba fue que los actos de repulsión que tuve esa noche sobre ella servirían para poder acercarme a ella lo que no sabía era como. Realmente, ella representaría para mí -posiblemente-, lo mismo que para Mozart su réquiem, un objetivo, deseo o misión que nunca pudo acabar o que dejó inacabada por ser la pieza perfecta. Nunca lo sabré, y siempre me lo preguntaré, ¿Por qué sonó esa noche al salir de la discoteca el dies irae -tercer movimiento- del réquiem mozartiano?


Pasé un viernes de granizo a su casa. Antes, crucé uno de los riachuelos inmensos que se arman bajando de los cerros orientales llenos de agua oscura color tierra a la librería; tornamesa. No podía presentarme en su casa sin aquel libro, debía llevar a Murakami en mi brazo derecho. No sé si por la confianza que me daban sus estrofas, y versos, o simplemente porque quería hacerle un gesto de la divina providencia literaria. Llevaba también conmigo una caja de “El Almendro”, un turrón blanco, para recordarle a su sangre española. Quizás gesto pequeño, pero no puedo fallar en el más mínimo detalle, sé que ella lo piensa todo, que cada pequeña cosa tiene un valor de dimensión inconmensurable. “Recuerda que aquello que nos diferencia de los demás es todo aquello que nuestro corazón esconde…” Era la primera vez que dedicaba un libro en la última página. Era Sputnik, my love por lo que aquel mensaje final simplemente se reservó a ser una invitación, a amar, adorar y querer como Myû; con tal frenesí que el tiempo dejase de ser un elemento relevante.


Pasa por mi mente su mirada aquel viernes de una Bogotá completamente repleta en sus calles del resultado de un diluvio capitalino. Una mirada directa. Sus ojos me demandaban, me atosigaban con preguntas inimaginables, no cesaba ni un segundo aquella mirada deconstruida. A pesar de que me sintiera atosigado por aquella mirada, era posiblemente la primera vez que podía ver directo a su corazón. Era la primera vez que podía entre sus pupilas, aquello que escondía y guardaba como lo más preciado. Pude observar su alma. A pesar de que aquella tarde gris no hubiésemos estado solos los dos, porque por supuesto, la compañía de sus amigas es completamente relevante, pude observar otra de ella. Una más pura y sencilla. Era la primera vez que no la veía como un enigma imposible.


Me cautivó. Pero de nuevo, ¿cómo confié en una mujer de ese nombre? Cada noche, cada llamada, cada palabra intercalada que compartíamos se convertía en una nueva posibilidad para desconfiar de lo más obvio, su negativa para incluso salir conmigo por un carpaccio. Todas las noches hablábamos. Dos, tres, tal vez cuatro e incluso cinco horas hablando de todo y de nada. Se convirtieron las noches en simposios únicos de cada uno. Era un espacio de honestidad pura, y conocerla fue y ha sido algo completamente fenomenal. Una mujer llena de historias sobre las estrellas, sobre paramos y flores, sobre emociones, música y colores. Siempre había algo de que hablar, era inacabable todo aquello de que hablar y no hablar. Cuando los vientos del silencio se acercaban, no era incomodo, más bien todo lo contrario, era sinónimo de tranquilidad y confort. Le gusta el flamenco, el rock en español; Cerati, Charly (pero sobre todo su época en sui generis), el rap y el r&b gringo.

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